La versión de Dios (cuento)




Nunca pensé que todo terminaría así: las maravillas de la naturaleza, los enigmas históricos, la belleza de las diferentes culturas... jamás imagine que todo fuera perecedero, y mucho menos que fuese a acabar de esa forma.

El calentamiento global había alcanzado su punto máximo. Los océanos, los ríos, los lagos, las lagunas y los oasis iban desapareciendo rápidamente, mientras que los glaciares se convertían, a su vez, en un húmedo recuerdo de vapor.

NASA convocó a congreso a los más eminentes científicos de todo el mundo para buscar la más sensata solución ante la amenaza de extinción a la que se enfrentaba la humanidad. Después de un concienzudo análisis de métodos, probabilidades, posibilidades e hipótesis, decidieron que lo más sensato era desorbitar la tierra: sacar al planeta de su órbita y ponerlo en una más lejana al sol, cuestión de que orbitara en un espacio mas frío, y esto resolviera la inestabilidad meteorológica y le agregara al mundo 6,000 millones de años de vida.

El modo para hacer esto posible era muy fácil… simplemente había que teledirigir asteroides hacia las cercanías de la Tierra, que pasaran casi rozándola, de manera que le transfiera parte de su energía gravitacional para alterar su órbita. Entonces, será enviada a girar a un lugar más lejano del sistema solar, y por consiguiente más frío.

Al principio, los escasos científicos de la comunidad mundial privilegiados con la exclusiva información, se escandalizaron, pero la teoría presentada por los estadounidenses Laughlin y sus colegas Don Korycansky y Fred Adams, era muy lógica y practica. El único obstáculo ahora, era conseguir el asteroide correcto. Este debería tener unos 10, 000 kilómetros de diámetro y debería pesar unas12, 000 mil billones de toneladas.

Sentados en sus cómodos sillones, las mentes más brillantes de todos los países se decidieron por Némesis; una antigua teoría que surge por el descubrimiento, en 2001, de un cráter de 10 kilómetros de diámetro que se cree fue el causante de la extinción de los dinosaurios. Muller, un físico de la Universidad de California en Berkeley, trajo al mantel, en 1983, su teoría de que el Sol tiene una estrella compañera responsable de los episodios repetidos de muertes totales y destrucción en la Tierra.

Esta estrella, Némesis, se presentaba ahora como la única salida ante este gran problema, que comprometía a toda la raza humana, y del cual sólo las personas reunidas en aquel consejo de estados mundiales estaban alerta.

Midieron coordenadas, hicieron los cálculos correctos, y encontraron la hermosa estrella roja sentada entre sus hermanas a 2 o 3 años luz de nuestra galaxia. El plan era muy simple: dispararían a Némesis con cohetes químicos, dirigiéndola hacia Júpiter o Saturno, en donde recogería energía orbital. Luego, cuando el asteroide llegara a su mayor distancia respecto del Sol, se realizaría una leve corrección del curso, disparando motores en el asteroide, acercándolo una vez más hacia la Tierra, donde este, a su vez, aportaría energía orbital a la tierra haciéndola alejarse un poco del sol en una nueva orbita.

6:00am en Estados Unidos, 4:00pm en Jerusalén. Mientras Japón dormía placidamente, y en Azores los niños merendaban en las escuelas, en Rusia, a las 3:00pm, se lanzaba a la atmósfera el mayor esfuerzo de heroísmo, jamás realizado por la humanidad.

Los científicos miraban sus monitores, con un aire de culto nerviosismo mientras el primer cohete, de magnitudes increíbles, se elevaba exitosamente hacia el espacio. Al mismo tiempo, en Bucarest despegaba el segundo cohete, y en Hungría el tercero, similares ambos al cohete guía que se había lanzado antes desde el área 51 en Estados Unidos. Aunque hasta ahora todo había salido como lo planeado, los eminentes científicos involucrados mantenía una directa comunicación vía macro-ondas mientras el sudor les recorría las espaldas y hacía que se les estremecieran las entrañas.

Mientras esto sucedía, la incauta población terrestre continuaba sus vidas sin sospechar absolutamente nada de lo que acontecía encima de sus cabezas. En la Republica Dominicana se había interrumpido por un segundo la señal de las televisiones satelitales y se había levantado una pequeña nube de protestas. En Argentina, los muchachos seguían en la plaza, burlándose de los campesinos que llegaban emigrantes de la yerta Pampa, y en Eslovaquia una chica confiaba sus manos a una gitana ataviada con ricas ropas pasadas ya de moda, y descubría un destino atroz a la vuelta de la esquina. En algún lugar alguien elevaba una plegaria, cosa que ya no era muy común, y en otra parte del planeta alguien echaba por el inodoro, a falta de mar, las cenizas de un ser querido.

Nadie se percató del pequeño fulgor que atravesaba el cielo hacia un casi imaginario blanco destinado al desastre o la salvación.

En NASA la tensión se sentía en el aire. Casi se podían escuchar los corazones latir agitados dentro de los pechos de los ingenieros aeroespaciales y la ciencia tenia la sangre detenida, helada, en las venas. Este era, sin duda alguna, el momento más importante de la historia humana.

De repente se encendieron las pantallas que monitoreaban la misión, indicando que el piloto automático de cada cohete se había encendido, y el curso era el apropiado.

A millones de años luz de la tierra, Némesis dormía con tranquilidad y parsimonia. Su fisonomía no comprendía más que emisiones de plasma y una que otra explosión cada cierto número de millones de años. Su existencia era bastante tranquila, y en realidad no parecía la asesina, la maldita guardiana de muerte, que se decía que era. La verdad, era hermosa. Era una estrella grande y regordeta, cuya piel era teñida de diversos colores por explosiones surfáceas, dándole al fuego, que manaba de ellas, la gracia de la seda.

Los misiles despiadados y fríos se dirigían a toda velocidad hacia la enana marrón, mientas que esta disfrutaba de una cercana lluvia de meteoritos que caía en ese mismo instante en una galaxia próxima.

Cuando impactaron a Némesis yo me tomaba un baño de sol mientras veía a los jugar y chapotear en los pequeños charcos de agua que aun quedaban después del calentamiento planetario. Poco se sabía ya de esperanzas y sueños pues ya la mecánica lo había borrado todo. Increíblemente, la tecnología que antes les parecía imposible, era entonces parte del museo de historia del hombre. Todo lo que habían querido los habitantes de la tierra lo habían alcanzado con éxito: la paz mundial, la unificación de la moneda, y la eliminación de las fronteras. Aun así, se proponían destruir una pobre estrella que no le había hecho mal a nadie voluntariamente.

En fin, los cohetes alcanzaron la superficie de la estrella y la misma se estremeció de dolor, mientras se veía obligada a salir de su tranquilo reposo para correr disparada rumbo a la orbita terrestre.

En Tierra, la vida continuaba normalmente; las parejas rompían y se reconciliaban, nacían niños a cada minuto, y el gobierno se ocupaba de los pequeños problemas de la cotidianeidad mundial. En NASA, sin embargo, los científicos veían cada vez con más cuidado el trayecto de la estrella con dirección al joven planeta. No fue hasta que se percataron del diminuto meteoro, que colisionaría irremediablemente con la mega estrella, que los científicos se preocuparon.

La colisión se realizo sin más pena ni gloria que un sordo “BANG” y la ardiente superficie de la Estrella De La Muerte se trago de un bocado al meteorito. No obstante, esto fue lo único necesario para mover a Némesis unos 20 grados dirección noreste, y marcar con una tiara mortecina a todo un planeta.

Lo que vino después es predecible: Los habitantes de Tierra miraron aparecer un segundo sol en el cielo, que aumentaba de tamaño considerablemente al paso de los días, el gobierno sucumbió ante el pánico general, y los científicos fueron abucheados por las masas, porque al fin y al cabo era mejor morir lentamente por la escasez cada vez mayor de recursos naturales, que morir rápidamente calcinados por el impacto desintegrante de un gran sol. Desgraciadamente ya no había nada que hacer. A mi me toco ser un espectador mas de la horrible escena.

Tierra fue devorada en facción de segundos por el nuevo gran sol, y los demás planetas salieron disparados por la galaxia al ver su coherente unidad mutilada.

Yo, sin embargo, me siento muy triste. ¡Tanto potencial, tanta hermosura…! Me duelen los pequeños, los que aún no tenían culpas... ¡Tantas cosas buenas tenia esta raza! ¡Tantas riquezas, tanta gloria! No puedo evitar un sollozo de dolor y soledad desde mi existencia eterna. No sobrevivió nada. Ya no me llegará una que otra plegaria, no me divertiré viendo crecer los niños, ni se enternecerá mi corazón con las parejas que se aman... Ahora, sentado aquí, al final de este terrible día, solo como al principio, no me queda más que buscar otra roca y, sólo para entretenerme, comenzar todo de nuevo.

3 Sintieron Conmigo:

  Nikkei-Girl

20/3/08 12:11 p. m.

Me detengo por un momento a respirar, a analizar el montón de cosas que hacemos a diario y olvidamos por als simplezas del día a día.

Evocando las primeras estrofas de tu escrito: El calentamiento global había alcanzo su punto máximo.
Quiero ver esto como un grito desesperado, en representación de toda la humanidad o más bien de la naturaleza misma, para que de una buena vez por todas los "Homo Sapiens" aprendamos a tomar conciencia sobre nuestra gran casa verde.

Me gustó, me gustó :)
beshitooooo!

  Rosa Silverio

27/3/08 9:57 a. m.

Me gustó mucho el relato, sí parecía hasta de la vida real, como si uno estuviera leyendo una crónica periodística sobre un hecho científico que afectaría a la tierra.

Lo que más disfruté fue la forma, el nivel del lenguaje, tu prosa limpia, bien escrita. Y como abordaste el tema con propiedad.

Ese hombre solo al final, da miedo.

  Sarah Valerio

31/3/08 9:43 a. m.

Bueno, la verdad es que no esperé que esta historia las fuese a tocar de esa manera... Pero fantástico!
Todos los datos utilizados son comprobables (los pueden encontrar en el internet haciendo un google search). Los nombres de los científicos, y las teorías son reales.
Un poco tétrico, no?